Article publicat a la revista Magazine de  LA VANGUARDIA el dia 2 d'abril del 2000.
Text de Manuel Díaz Prieto.

TRABAJO A PRESIÓN
El acoso moral es una de la violencias más íntimas y clandestinas del mundo del trabajo. Capaz de destruir psicológicamente a las personas, este fenómeno de hostigamiento por parte de jefes o compañeros perversos no hace más que aumentar, favorecido por la creciente inestabilidad laboral.

¡Burro! ¡Inútil! No sirves para nada!, le decía su jefe cada dos por tres coreado por sus compañeros de trabajo. Y él callaba sin llegar a comprender qué había desencadenado aquel clima hostil que iba minando su autoestima y que ya le había llevado al diván del psiquiatra. Pero Luis. J., eficiente y discreto funcionario de la Administración local, no supo qué le estaba sucediendo hasta que empezó a leer el libro de Marie-France Hirigoyen “El acoso moral”: “En sus páginas me vi reflejado como en un espejo”.

“Una palabra a tiempo puede matar o humillar sin que uno se manche las manos. Una de las grandes alegrías de la vida es humillar a nuestros semejantes”, leía Antonio. Y fue leyendo como se dio cuenta de que estaba siendo víctima de un tipo de violencia laboral de la que apenas se habla, pero que es tan cotidiana y generalizada que la mayoría de sus víctimas no sabe siquiera que tiene nombre.

“Con el acoso moral sucede en estos momentos lo mismo que con el acoso sexual hace apenas dos décadas”. Antonio recuerda el caso de su primera novia: “Cada día, su jefe la recibía con un ‘¡qué rica que estás, melocotón!’ Puede parecer una gracia, pero ella lo vivía como una agresión. Y cuando acudía al comité de empresa, sencillamente se reían de ella y le decían que era una broma y qué mal carácter que tenía. Acabó perdiendo el empleo. Yo me encontré con el mismo problema. ¿A quién acudes tú a decir que tu jefe te está destruyendo psicológicamente? Te dirán que los jefes están para eso”.

El último estudio de la OIT titulado “Violencia en el trabajo” concluye que ésta cada día toma más un cariz psicológico bajo la forma de acoso de un grupo hacia un individuo, dando lugar a comportamientos abusivos o tiránicos. No es únicamente un problema individual, sino también estructural y estratégico. “El fenómeno tiende a acentuarse con la evolución de las formas en que se organizan las empresas. Las nuevas presiones que impone el trabajo, las fusiones, las reestructuraciones, la búsqueda de la productividad máxima, los ritmos desenfrenados, la precariedad en el empleo, el paro...son todos elementos que sofocan la solidaridad”, explica Dolors Hernández, secretaria ejecutiva confederal de la UGT.

La encuesta realizada por la Fundación Europea para la Mejora de Vida y de Trabajo realizada en abril de 1997 revelaba que el 10% de las personas con contrato de duración determinada o interina sufre medidas vejatorias. Pero aunque es cierto que las personas en periodo de aprendizaje o con contratos temporales están más directamente afectadas por este tipo de violencia, visto por sectores el acoso moral se encuentra sólidamente instalado en la Administración del Estado, el sector inmobiliario y la banca. Hasta el punto que se estima que en Europa unos 12 millones de personas son víctimas de estas prácticas- El 5,5% de ellos, unos 660.000, son españoles.

Los costos de esta práctica se reflejan en incrementos del absentismo y la accidentalidad, amén de la disminución de la calidad y la cantidad de trabajo. Sin embargo, aquí justo se empieza a hablar ahora.
En Suecia, país pionero en el estudio de este fenómeno que han denominado “mobbing”, se estima que entre el 10% y el 15% de los suicidios tiene como origen el hostigamiento psicológico en el trabajo. Una autoridad en el tema, el psicólogo sueco Heinz Leymann, define el “mobbing” como “un terror psicológico en el trabajo que implica una comunicación hostil y amoral, dirigida de manera sistemática por una o varias personas, casi siempre contra otra que se siente acorralada en una posición débil y a la defensiva”.

¿Cuáles son las causas que originan el “mobbing”? Las investigaciones llevadas a cabo en los países nórdicos muestran que hay dos factores fundamentales que siempre están presentes en los casos de hostigamiento psicológico: una mala organización del trabajo y la pobreza en el manejo y resolución de los conflictos. Cuando alguien se siente acosado y ve que la única respuesta del jefe de personal de su empresa es abrir la puerta de la calle, el problema tiene todas las posibilidades de enquistarse.

Para que exista acoso moral tienen que confluir tres factores: una víctima, un acosador y la complicidad de quien asiste a ese maltrato. El acosado suele ser un individuo con baja autoestima, incapaz de soportar ciertas presiones y de defenderse. Suele ser válido, ético y honesto, con un sentido excesivo de la responsabilidad. Mientras que el acosador está convencido de que tiene razón, aunque la razón sea sólo un sentimiento profundo de envidia o de rechazo a un recién llegado. Cualquier excusa vale para que se desate el síndrome de acoso psicológico.

El caso de Rafael X. Resulta paradigmático: cuando llegó al pequeño equipo de diseño de una televisión autonómica pensaba que había logrado materializar el sueño de su vida. Pero comprobó pronto cómo su jefe directo y todos los que tenían que ser sus compañeros le hacían el vacío, ninguneaban su trabajo y propagaban bulos sobre su vida privada. El motivo de todo ellos era el falso rumor de que había entrado “enchufado” por la dirección. “Llego un punto en que me acongojaba la simple idea de tener que enfrentarme con aquel ambiente. Pero no conseguí reaccionar. Caí en un estado depresivo en el que no hacía más que autoexigirme. Y al final, resultaba que me había convertido en un incordio y, lo que es peor, acabé por creérmelo.”

La indefensión y la inhibición del afectado, unidas a las carencias del sistema judicial, propician la propagación en el tiempo de esta fase que, según los estudios de Leymann en Suecia, tienen una duración de 1,3 años por término medio. Rafael tiró la toalla a los tres meses.
“A los sindicatos comienzan a llegarnos algunos casos, los más descarados”, confirma José Baltasar, responsable de Salud Laboral de la federación de Administración pública de CC.OO. “Pero se percibe, sobre todo en aquellos colectivos donde el nivel cultural es alto, que comienza a utilizarse como estrategia premeditada para crear angustia y facilitar el despido. Además, hemos de ser conscientes de que los sindicatos llegamos a las grandes empresas pero que en las pequeñas la relación es mucho más obligada, porque lo que resulta más difícil es zafarse de la presencia del acosador.”

¿Qué hacer?, nos preguntamos.
“Denunciar la situación”, afirma tajante Hirigoyen. Es la única forma de terminar con estas situaciones de psicoterror.
Pero hay que tener mucho valor, o haber llegado verdaderamente al límite, para tomar esa decisión, pues una denuncia implica generalmente una ruptura definitiva con la empresa. Además, no hay ninguna garantía de que la denuncia prospere, ni de que desemboque en un resultado positivo, ya que resultan extremadamente difíciles de probar.
Porque no es lo mismo apreciar acoso en el caso de Roberto, obrero de la construcción de Albacete al que su jefe le puso a cavar una zanja de dos metros de profundidad al tiempo que una pala mecánica le iba tapando detrás de él, que poder denunciar el sutil proceso de derribo psicológico y profesional al que fue sometido H.A., ejecutivo de una empresa multinacional, por parte de su superior. Pero los dos se parecen en una cosa: ambos acabaron perdiendo el empleo.

“Las empresas cada día muestran una mayor preocupación por el entorno social en el que se realiza el trabajo y por la aplicación de un código ético interno adecuado”, asegura Julio Moreno, director de Hay Group, una consultora especializada en recursos humanos. “Y en este momento, en el que el talento empieza a ser escaso, perder talento por lo que sea, discriminación racial, sexual o porque hay directivos que hacen que los empleados se vayan, provoca una ineficiencia económica que las empresas no pueden permitirse. Pero dudo de que estos comportamientos lleguen a ser tipificados como delito por las dificultades de probar la relación causa-efecto en una daño moral.”

En un estudio comparativo de los estilos de dirección que eran habituales en Europa y Estados Unidos, se comprobó que España no salía tan mal parada: “En el sector de servicios, el grado de calidad de nuestros líderes es similar al de los americanos y superior a la media europea. Pero en el sector industrial todavía pervive una notable crudeza en el trato del jefe con el colaborador y aquí nos situamos claramente por debajo de Europa y a años luz de los americanos”, explica Moreno.
Aunque su visión optimista de un mundo laboral eficiente que deseche por poco rentable el hostigamiento psicológico –que no hay que olvidar que también se produce entre compañeros- choca con los cambios radicales en que se halla inmerso el universo laboral. El trabajo ha dejado de ser una rutina estable, predecible. Los trabajadores se enfrentan ahora a un mercado laboral flexible, a empresas estructuralmente dinámicas y a imprevisibles reajustes de plantilla.

El lema “nada a largo plazo” es el “signo más tangible de ese cambio”, apunta el sociólogo Richard Sennett, profesor de la prestigiosa London School of Economics y autor de un ensayo titulado “La corrosión del carácter” en el que analiza las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. “En el ámbito del trabajo, la carrera tradicional que avanza paso a paso por los corredores de una o dos instituciones se está debilitando. Lo mismo ocurre con el despliegue de un solo juego de cualificaciones a lo largo de una vida de trabajo. Hoy un joven americano con un mínimo de dos años de universidad puede esperar cambiar de trabajo al menos once veces en el curso de su vida laboral, y cambiar su base de cualificaciones al menos tres veces.”

Así, inmersos en una cultura que siempre ha considerado el trabajo como un factor fundamental para la formación del carácter y la constitución de la identidad, este nuevo clima laboral marcado por el “corto plazo” acaba minando nuestras nociones de permanencia, confianza en los otros, integridad y compromiso. Un caldo de cultivo propicio para que proliferen acosadores y acosados.

En este contexto, no resulta extraño que el informe de la OIT considere que el fenómeno de la violencia en el lugar de trabajo siga en estos momentos una evolución ascendente.
Fuentes sindicales confiesan que este tema representa sólo una ínfima parte de los problemas causados por 1,5 millones de accidentes laborales que se producen en España. Y que, encima, las cuestiones de salud laboral no se encuentran entre las prioridades del nuevo mercado de trabajo, marcado por el hecho de que un 33 por ciento de los trabajadores sólo tiene un contrato temporal. “¡Eso si que es acoso moral!”, se queja Lucas F., un joven de 24 años en espera de su primer empleo. “Hasta estaría dispuesto a ser acosado un poquito”, dice, como muestra de que todavía no le han comido toda la moral.