COMFIA

(4/05/2001)

El "2001" avanza implacable (está finalizando abril) y, en vez de resolverse, cada día hay más incertidumbres y problemas sobre la mesa.

A SALTO DE MATA CON EL 2001

El día a día está demostrando que el Proyecto 2001 se ha pensado con los pies (por ser benévolos), adolece de una falta de previsión increíble, se están parcheando sus graves deficiencias a puro y duro salto de mata desde cada nivel de decisión. Pero, como siempre, la palma se la lleva el aspecto de la gestión de los recursos humanos.

Una de dos: o los "empresarios" de esta empresa se han quitado el antifaz, y no tienen ya ningún pudor en demostrar que los empleados no importamos, que somos simples instrumentos, números, un mal necesario (un coste) para conseguir sus objetivos, que da igual lo que pensemos, nuestras aspiraciones, etc.; o la otra posibilidad es que son incapaces de gestionar mínimamente bien la parte más importante de una empresa, su personal.

Porque nunca se ha visto una plantilla tan quemada, tan desmotivada, tan falta de ilusiones y de metas de futuro. Es triste comprobar cómo la mayor ilusión de una gran parte de los empleados es ver cuándo se jubilan... ¡incluso personas de menos de 50 años! Algo está fallando, y ya podéis suponer qué es. Si una empresa no apuesta decididamente por sus empleados, si no sabe motivar, si no es capaz de establecer metas, objetivos, implicación en un proyecto común, y a la vez vías de comunicación, promoción, carrera profesional, de integración y satisfacción en el resultado obtenido, al final, todo acabará mal, por mucho que a corto plazo se consigan buenos resultados económicos.

Y esto es lo que parece que está sucediendo con el dichoso Proyecto 2001. Los empleados (a fin de cuentas, los que lo tienen que llevar a cabo), no comprenden la empanada de nuestros dirigentes: qué pasa con las personas, con las oficinas desmanteladas, con las oficinas amontonadas, con la especialización masificada o con los universales mutilados-limitados.

Y, para mayor inri, la comunicación no funciona, o no interesa que funcione, porque si nadie dice que algo va mal, es que todo va bien, y si además no se pregunta, pues será que todo funciona. La mejor forma de no ver ni oír lo que no se quiere, es ignorarlo: no existe, "no problem".

Porque si no, no se explica que sucedan ciertas cosas, cómo se traspasan oficinas y clientes. ¿De quien será la culpa de los que se harten y se vayan? Porque después de prometer el oro y el moro, una vez embarcados y amontonados en la nueva oficina "especial", se acabó con lo prometido, porque, sencillamente, no se da abasto, ni mejor servicio, y se sigue cargando la faena sucia donde estaban antes, pero con mayores limitaciones –pide autorización, no puedo cargar en descubierto, etc.-.

Está muy bien eso que dice el Director General de que es un error "creer que el 'contenido' lo forman las empresas grandes, los promotores y los clientes más significativos de rentas altas", que "parece que a veces nos olvidamos del 'otro contenido': el que forman 1,9 millones de clientes". Está muy bien, sí, pero es un sarcasmo que el Director General pretenda recodarnos eso, precisamente, a los profesionales de Bancaixa. No es de recibo que ese discurso vaya acompañado de unas actuaciones que confirman el descuido generalizado, la falta de sensatez y de tacto a la hora de dejar bien claro dónde está la línea que separa a los "elegidos" de los "del montón", a los que se les espeta bruscamente que "hay que buscarse la vida"... y ahí acaban los medios puestos a su disposición para realizar su trabajo. ¿De qué ha dicho el Director General que nos olvidamos? Si esto es lo que entienden los gestores por implicar a la plantilla, si ésta es la manera que tienen de comunicar a qué nos dedicamos, estamos listos: seguiremos saltando de mata en mata el 2001, el 2002...

Salud.

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